La Tierra, nuestro planeta, no es un gigante dormido, es más bien un cuerpo dinámico y en constante cambio, aunque la lentitud de tales cambios, que pueden tomar miles de millones de años, nos pase desapercibida y nos haga la ilusión de estar sobre un terreno firme y estático. La verdad es que la Tierra es todo menos estática, y los volcanes son una prueba de ello.

El origen de los volcanes

El interior del planeta: donde muchas cosas ocurren

La formación de los volcanes es un fenómeno geológico íntimamemente ligado al movimiento de las placas tectónicas, y para comprender esta formación, hay que comprender qué hace que las placas se muevan.

En primer lugar, la Tierra consta de tres capas: el núcelo, el manto y la corteza. El núcleo es la capa más interna del planeta, hecha de hierro fundido sometido a altísimas temperaturas, es la fuente del campo magnético que protege al planeta de las emisiones solares que podrían destruir la vida, pues al girar la Tierra crea fenómenos electromagnéticos en el núcleo que le dan origen al campo.

El manto, por su parte, es la capa más exterior, la cual se extiende por miles de kilómetros bajo la superficie terrestre. Consta de material altamente caliente y derretido, aunque las temperaturas varían de un punto a otro en el manto, siendo más altas cuanto más cercanas son al núcleo y más bajas cuanto más alejadas están de aquél. Estas diferencias de temperatura provocan los movimientos por convección de los materiales en esta capa, los cuales van desplazando a las placas tectónicas. Asimismo, en la parte superior del manto es donde se ubica el magma, que consiste en los materiales de roca semifundida que son expulsados por los volcanes.

Finalmente, la corteza terrestre es la capa más exterior y más delgada, constituida por roca fría y sólida, es el suelo sobre el que nos paramos. Ya vemos que no es tan firme como solemos suponer.

Y finalmente, el volcán

Ahora bien, ¿y cómo se forma un volcán? Pues el magma del manto suele acumularse en bolsas que se calientan y acumulan presión, por lo que busca grietas y fisuras en la corteza por donde emerger a la superficie y liberar la presión. Tales grietas suelen estar en los límites de las placas tectónicas, aunque no en todos los casos. Usualmente originan en el mar, pero también la acumulación de material puede presionar tanto el suelo que termine reventándolo.

Las continuas emisiones de magma a lo largos de miles de millones de años van causando que el material hirviente se enfríe bruscamente, más rápido que aquel que emerge bajo el océano profundo, pues el agua helada de las obscuras profundidades oceánicas es más efectiva enfriando la roca candente que el aire, aunque, en cualquier caso, el magma, que al salir disparado a la superficie pasa a denominarse lava, se enfría al erupcionar de lo profundo de la tierra. El material frío que ha salido a la superficie rápidamente se solidifica en roca y su paulatina pero constante acumulación termina dándole la forma cónica tan característica de los volcanes. Es decir, que la montaña que se observa en muchos casos, si no en todos, es una acumulación capa tras capa de material subterráneo solidificado.

Finalmente, el volcán termina teniendo una estructura consistente en una cámara principal en donde se acumula el magma derretido, una chimenea, que vendría a ser una estrcutura tubular por donde efluye el material subterráneo, y un cráter, el cual es la abertura que se observa desde el exterior y por donde sale disparado todo el material volcánico hacia la superficie. El material expulsado por un volcán no consiste sólo en roca derretida, también suelen registrarse grandes emisiones de gases y cenizas a la atmósfera.